08 febrero 2007

Las Ánforas. Parte 1

Esta noche, algo taciturno e intranquilo, decidí ayudar a mi mente a desconectarse de la dura jornada para entrar en el placentero mundo del descanso y de los sueños. Para ello, preparé con esmero una poción a base de tila, flor de azahar, melisa, raíz de valeriana, manzanilla y pasiflora. Como otras veces vertí el agua a la temperatura correcta sobre las hierbas secas y la dejé reposar el tiempo necesario para extraer todas las propiedades calmantes, sedantes y antiespasmódicas de sus aceites esenciales. Recuerdo que también eché por primera vez una flor de aquellas que se han dado en llamar “estrella de las nieves”, especie endémica que sólo se da en las más altas cumbres de Sierra Nevada. El agua se tornó poco a poco de una traslucidez ámbar que producía unos curiosos reflejos a la luz de la bombilla de la cocina, y así, tras unos momentos de expectante observación del brebaje, sereno lo engullí cual bávaro ante una pinta de cerveza. Y me acosté.

No recuerdo cómo, pero estaba bajo el mar. Sin mojarme y sin ahogarme, pero estaba bajo el mar. Podía escuchar el rumor de las corrientes y sentir el gradiente de temperaturas de las corrientes submarinas. En un principio, no había nada, sólo una inmensidad azul que me rodeaba y algunas burbujas que subían, supongo que hasta llegar a lo que debía ser la superficie, pues apenas acertaba a distinguir los restos tenues de algo que parecían rayos de sol, ya que calculo que no me encontraba a menos de cien pies de la superficie. Por debajo, había una inmensa oscuridad que gritaba un misterioso silencio, una oscuridad, que conseguiría aterrar hasta al más temible de los monstruos marinos.

Un extraño instinto me hizo descender hacia las profundidades abisales. No recuerdo mi vestimenta ni siquiera si portaba alguna, mas podíame mover por allí a mi antojo, ora arriba ora abajo. Calculo que descendí unos doscientos pies más, y sin embargo, no sentí los efectos de la presión ni experimenté barotraumatismo alguno. Tras varios minutos más de inmersión, he de confesar que perdí la orientación. En la oscuridad total, mis sentidos no eran capaces de percibir más que la ligerísima fuerza de la gravedad hacia la que bajaba como si fuera un fluido en disolución.

Lo primero que vi, fueron unas medusa más hermosas que las flores de la tierra. En sus cuerpos acuosos transparentes, escondían mágicos tentáculos finísimos de luz que cambiaban de color al ritmo de sus danzas por aquellas aguas. Parecían viajeros errantes a medio camino entre el ser vivo y el inanimado, pues aún en sus elegantes movimientos, aquello no dejaba de ser una preciosa burbuja que navegaba sin rumbo a través de las oscuras corrientes. Ver aquellos escifozoos fue para mí un deleite, y di gracias a la naturaleza por habernos regalado semejantes espectáculos de belleza.

Más tarde, y más abajo, vi unos temibles monstruos con un tentáculo bajo la boca, que parecía tener en la punta como un miembro luminiscente. Aquel ser carecía de ojos. De forma y tamaño era similar a un atún, pero su boca era enorme, la llevaba siempre abierta, la mandíbula inferior más prominente, con forma de “u” invertida, como las merluzas. Dejaba ver nueve horrorosos dientes largos y finos, dispuestos sin ningún orden y separados entre sí. Me dio la impresión de que si aquel animal cerraba la boca, se hundiría aquellos pinchos en sus sesos, si es que ese ser bizarro podía albergar algún cerebro. Sus aletas parecían estar formadas por púas unidas con membranas al igual que las alas de los murciélagos que vemos en las cuevas, y su piel, negra y brillante, asquerosa, con verrugas, tubículos y agujeros, evocó en mi memoria la palabra “basura”. Sin duda, la madre naturaleza había privado a este ser de órganos visuales para que nunca jamás pudiera contemplar su repulsiva condición de excrescencia de las profundidades. Alejéme cuanto pude de aquél bicho nauseabundo mientras él y otros colegas ciegos de su especie nadaban con sus farolillos a la busca de alimento.

Y así, podría estar describiendo todo lo que vi en aquel misterioso viaje hacia el mundo adonírico, porque aquello, aún siendo un sueño, pertenecía a otro sueño, y aún estando allí, yo no era más que un simple secundario en ese maravilloso mundo. Digamos, que era un espectador pasivo que curiosamente había entrado en una realidad onírica paralela. Y bueno, llegados a este punto, seguro que alguien se pregunta que cómo tomé yo conciencia de mi situación. Bueno, bueno, déjeseme explicar lo que aconteció cuando encontré al calamar de cristal.

3 comentarios:

Cary dijo...

Jajaja te encanta dejar a la submarinista muy muy intrigada verdad??? Tienes que seguir con la historia pronto eh??? ¬¬

Me encanta tu forma de escribir :P, es genial
Y tengo que ver de qué se trata todo esto :D

Freyja dijo...

me encanta como escribes y como logras contar
el post me encanto, ese viaje misterioso y con encanto yo creo que lo hemos hecho en algun momento de nuestra vida
y muchas gracias por tus saludos en Sucesos y tus lindos saludos
es verdad no conocias como escribia, me alegro que estes de vuelta
te dejo un abrazo grande y un lindo fin de semana
besitos



besos y sueños

Sueños Blancos dijo...

Es genial como escribes, es imposible no sentirse dentro de esa "realidad onírica" y que hermosos es no perder la capacidad de asombro ante las fantasías de la mente. Espero una continuación a esto.

Saludos...