26 febrero 2007

Las Ánforas. Parte 2

El calamar de cristal se convirtió en mi primer amigo de las profundidades. Nuestro encuentro respondió a una casuística providencial que relato a continuación:

Como dije anteriormente, me hallaba en una situación de descenso incierto en la más completa oscuridad. No vi más signos de vida o movimiento que el de las medusas y los informes pescados de trompa luminosa. Creo recordar que también dije que mi descenso lo hacía siempre en ausencia de presión, asfixia, humedad, o cualquier otra sensación que me hiciera creer que realmente estaba bajo las aguas, fuera de una ligerísima percepción de atracción gravitatoria unida a un sutil rozamiento que me recordaba que continuaba descendiendo. Hallábame pues entonces en una situación floto-estacionaria si se me permite llamarla así. No puedo precisar cuánto me mantuve en aquel estado, lo que sí que es cierto, más cierto que decir que el tocino engorda, es que toqué fondo, y no sólo toqué, sino que me enterré en él.

El impacto fue tan inesperado, que no me dolió tanto el talegazo merecedor de quebrar mis lomos, sino que mi pobre corazón amagó salirse del pecho debido al susto que llevé. Quedé así, cabeza abajo, plantado en la arena como un espárrago, porque quiso ser mi testa lo primero que encontró el fondo.

Algo me agarró de una pierna y tiró de mí con muy poca fuerza . No sé si os imagináis lo que pasaba por mi cabeza: yo, enterrado en la arena, y algo débil que no sabía lo que era, tirando de mí. Entre sus flojos tirones y mis redoblados esfuerzos, logré salir. Cuando recuperé la visión −ya que me entró arena en los ojos− vi delante de mí a un pequeño cefalópodo transparente. Bueno, no supe si sería cefalópodo o solicéfalo, puesto que no se sabía si aquellos apéndices ventosados, serían tentáculos, palpos o las narices del animal. Sí que tenía unos grandes ojos telescópicos como los de su primo gasterópodo el caracol. Dicho calamaroide presentaba también luminiscencia, pues no sé si dije que todos los animales de aquellas negras profundidades generaban algún tipo de luz. Me llamó la atención que entre su luminosa piel transparente, se dejaran ver pequeños lunares negros.

Cuál fue mi sorpresa tras hacerme cargo de la situación cuando oí que el calamar me habló tremolando sus tentáculos.

− ¡Vaya! hacía mucho tiempo que nadie se dejaba caer por aquí. ¿Te has hecho daño?... ¡Ah! y por cierto, me llamo Biguemo, y soy un calamar de cristal.

− ¿Dónde estoy?− pregunté.

− En el reino de los sueños, es ovbio− añadió retrayendo sus ojos.

Quedé aturdido, pues que aquello fuera el reino de los sueños no tenía menos sentido que estuviera bajo el mar, que no me asfixiara, y que me hallara hablando con un calamar.

− ¿Cómo he llegado hasta aquí?− le dije en mi perplejidad.

− Jajaja, no lo sé, ni tampoco sé cómo saldrás, sólo sé que de repente desaparecerás, y ya no estarás aquí.

− Ah, gracias por ayudarme a salir, sin tu ayuda no lo habría conseguido− le dije cortésmente, sabiendo que su ayuda había sido minúscula.

− De nada, de nada, para eso estamos − añadió con aires de vanidad.

− Y dime, Biguemo ¿qué es todo esto? ¿qué tengo que hacer aquí?

− Ay ay ay, querido amigo, aún te falta mucho por saber, y es mucho lo que te tengo que explicar ¿qué tal si me acompañas a las “Fosas chispeantes” y mientras te voy explicando?

Me dejé llevar por mi nuevo colega al que cogí verdadera admiración, no sólo por su cultura submarina, sino por su paciencia conmigo. Llegó a ser mi mejor amigo en las profundidades, y me explicó quiénes eran los narduk, las cápsulas, Claruma… y lo más imprtante: las ánforas.

1 comentario:

Cary dijo...

o.O
¡Vaya! Esto se pone cada vez mejor XD
¡Qué agradable Biguemo! :D
Jajaja no tengo idea a dónde va a parar todo esto, pero me encanta cómo luce...
Ya sabes, estás en mis terrenos ;D
Y continúa pronto!!!