11 mayo 2006

Le Chasseur d'Étoiles. Parte 02

No hizo falta cambiar el chip. Bajo aquella inmensidad de la naturaleza, en el monte más alto y en la noche más cerrada se sintió flotar, flotar en un mar de silencio oscuro. El aire se sentía fresco, puro y limpio, y su olor a tierra mojada se hizo aún más seductor, como si la Madre Naturaleza se estuviera apoderando de él mediante aquellos mágicos efluvios que le hacían introducirse en el firmamento. Apagó entonces su luz artificial por miedo a perturbar la oscuridad virgen.

Siempre le había gustado la astronomía; había querido descubrir el movimientos de los astros, de las estrellas, y ante imágenes como las de hoy, descubrir el suyo propio. Siempre quiso tener conciencia de su ubicación en el Universo, en este mundo, y hacia dónde lo conducía su devenir. Quizás fuese porque gracias a los cálculos de la mecánica celeste se podían predecir acontecimientos mágicos, que en un pasado fueron señales de catástrofes y desgracias, y que para él, más que vaticinios sobre el destino, eran regalos gloriosos del Creador puestos para el deleite de sus criaturas.

Tras ocultarse el Sol, se dio el hermoso espectáculo conocido como luz cenicienta: dos días antes del novilunio, en los que la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, aquélla queda iluminada por la luz que se refleja en nuestro planeta, apareciendo una pálida luz gris-azulada en todo el disco lunar a excepción de un pequeño borde que ilumina el Sol y que tiene la forma de una delgadísima hoz.

Volvió a sentir temor, pero esta vez fue el temor de sentirse ínfimo ante aquella inmensidad, de observar un universo misterioso, el temor de desconocer lo que hay más allá. En la catarsis, dirigió su mirada hacia aquella luna de nácar, y pensó en romántico, en todo lo que en ella se había inspirado, en el embrujo de su luz, que en las noches de plenilunio, cubre la Tierra con un manto de plata, onírico y misterioso, mágico, silencioso. Bajo la luz de la luna tomaban vida todas las leyendas de elfos, de hadas y de brujas, porque hechizaba todo lo que bañaba, porque estaba ahí, desde siempre, solitaria, todas las noches, porque era la Dama de la Noche. Y así, se le vinieron a la cabeza unos versos de Federico García Lorca.


La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.


Pensó que una declaración de amor, forzosamente, había que hacerla bajo la luna llena, y empezó a montar el telescopio.

1 comentario:

Cary dijo...

*aplausos*
ahh qué bello escribes ^^
sip, claro que me encanta, y digo lo mismo que dije en la parte 01 =D