30 diciembre 2007

El tren. Parte 3

El vagón tenía unos ocho metros de largo y dos y medio de ancho. Estaba construido en madera: el suelo de caoba y las paredes de pino. El techo era de chapa galvanizada, pero lo aislaban unas planchas de corcho forradas con una rica tela roja de terciopelo con ribetes dorados. En la parte delantera había tres filas de asientos acolchados de cuero, y en la trasera, otros tres mirando al frente y tres mirando hacia atrás. En el centro, había un largo asiento lateral, bajo las ventanillas, en el que podían sentarse varias personas. Tres quinqués de petróleo iluminaban el compartimento proporcionando una luz cálida y dura.

Era la primera vez que subía a un tren. La madera del vagón crujió bajo sus pasos a la vez que su corazón latía con fuerza. Al cerrar la puerta -que era corredera- dejó de oírse todo el golpeteo de la maquinaria, los silbidos de las válvulas a vapor y el rechinar de las bielas; pareció de repente, como si entrara en otro mundo. Todo era nuevo para él, desde los asientos de cuero, los aderezos de bronce tan bien terminados, y ese olor característico que tiene lo antiguo.

Tras unos instantes el tren empezó a moverse y a alejarse de la estación. Por la ventanilla pudo ver los fuegos de los mendigos, los árboles que parecían huir y las humaredas de vapor que iba dejando la locomotora. El cielo estaba oscuro y los quinqués oscilaban rítmicamente mientras el tren marcaba su característico traqueteo.

Aparentemente, él era el único pasajero, por lo que decidió pasar al siguiente vagón. Con dificultad giró el pomo bronceado de la puerta delantera, la abrió, y un golpe de viento helado le hizo sujetarse la gorra mientras atravesaba torpemente el enganche que daba paso al siguiente vagón. La puerta de este otro no quería abrir, algún mecanismo atascaba el gozne, y sus dedos entumecidos por el frío empezaban a perder sensibilidad. El tren tomo una curva cerrada que casi le hizo perder el equilibrio. Afortunadamente, pudo asirse a dos cadenas que a modo de protección, unían los vagones. Tras unos minutos luchando con el frío descubrió una palanquita que liberaba una traviesa vertical y finalmente abría la portezuela. Entró rápidamente y la cerró tras de sí cubierto por finos copos de nieve. Cuando se sacudió la gorra y levantó la vista, descubrió que este vagón no estaba vacío. Nadie pareció inmutarse con su presencia, pero su corazón sí se estremeció al contemplar a sus extraños compañeros de viaje.


1 comentario:

Cary dijo...

o_o
Por qué terminas siempre así?? xD
Me dejas tan ansiosa por la siguiente parte... que tardas mucho en escribir ¬¬ jajaja
Bueno, me alegra que vuelvas a escribir por estos lados :)
Saludos!