«Sugerir es crear,
describir es destruir»
Tras un tiempo de ausencia, y tras recuperar algo de tiempo, vuelvo. Feliz Navidad a todos y ¡hasta pronto!

Resulta paradójico, pero nuestra misión consistía en estudiar la Luna, y sin embargo, creo que ha sido un mayor avance, ayudar a la humanidad a comprender el papel de la Tierra en nuestras vidas y en el universo. Te das cuenta de que la Tierra es tan insignificante como un grano de arena en la playa... pero es nuestro hogar [...] Me maravillaron sus colores y su pequeñez, sentí que debíamos unirnos con nuestros hermanos de otros países para preservar este pequeño y frágil planeta.
Al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: «Gloria a Dios en el cielo», y proclaman:«y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (...) ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?
(San León Magno, Sermón 1, en la Natividad del Señor)

Don José… no sé cómo decirle esto. Ya sabe que no soy mu listo, y no quisiera que me tratara por loco, pero es que estos últimos días en la sierra me ha pasado algo muy raro, y no le he podido encontrar explicación.
Cuando subí, me tuve que quedar con las ovejas, porque se ha derrumbado el techo de la cuadra de Don Luis, y no puedo dormir allí como otras veces. Durante el día no tenía mucho que hacer, así que estuve cortando té, buscando algunas setas, patatas silvestres, y preparando con espartos una cueva pequeñica para pasar allí la noche.
La tercera noche, Don José, hice una fogata para cocer las patatas que encontré, cuando vi una luz en la cueva grande, que salía del interior. Parecía como si estuvieran quemando magnesia. Se fue haciendo cada vez más grande, hasta que salió una muchacha. Mire usté, Don José, a mí me temblaban las piernas. Las ovejas, que estaban durmiendo, se despertaron y se hicieron un corro en la cuevecilla donde yo estaba. La chiquilla parecía perdida, y me miraba, Don José, no vea usté el miedo que tenía yo. La voz casi no me salía del cuerpo, y le dije: “niña ¿te has perdido?” No me contestó, y se acercó a mí, y me miró otra vez, y se dio la vuelta, y se metió otra vez en la cueva. Al principio no sabía quién era, pero luego, Don José, luego…
(En este momento se le escapó una lagrimilla)
Don José, yo soy huérfano, ya lo sabe usté. Me criaron en el orfanato hasta que me recogió mi tío pa llevarme con las cabras. Allí, Don José, sólo tenía una amiga, no lo recuerdo, pero creo que también era huérfana, y como nos mantenían separados a los niños y a las niñas, sólo nos veíamos en los recreos a través de una alambrada, y en el comedor. Yo nunca me escapé de allí, porque una vez lo intenté y me gané unos azotes que todavía me duelen, pero ella, de vez en cuando, saltaba la cerca y venía a mi barracón, y hablábamos a través de un ventanuco toda la noche. Me decía que quería volar, que quería ser la madrecita de todos los niños huérfanos, y también me decía que yo era un gallina porque no me atrevía a escaparme de mi barracón. Un día ya no la volví a ver, me quedé otra vez solo, y así, hasta que me recogió mi tío.
Lo que le decía, aquella noche no pegué ojo, Don José, y a la mañana siguiente no me quería ni acercar a la cueva. La niña que había visto era la del orfanato.
Por la noche, las ovejas se pusieron nerviosas, yo no quitaba la vista de la cueva, y empezó a verse luz otra vez. No he pasado más miedo en mi vida. Y la luz cada vez más grande hasta que salió ella. Le pregunté acongojado: “¿eres un fantasma?” y no me respondió. Caminó hacia mí, y de repente comenzó a brillar más, y sin abrir la boca me dijo: “¿ya no te acuerdas de mí?” luego volvió a entrar, y la luz se apagó otra vez.
Don José, ya sé que todo lo que le cuento parece muy raro, pero sabe usté que nada gano yo contándole esto, más que usté piense que me he vuelto loco, pero es que esa chiquilla es la niña del orfanato. No sé como explicárselo, pero aunque no me dice nada, parece como que habláramos, y como si nos conociéramos de toda la vida y como si charláramos por aquel ventanuco… yo no quiero ser cobarde como cuando era chico. Don José, luego cuando me dormí, soñé que era chico otra vez, y que volábamos por la sierra, y que pasábamos por encima de las ovejas, y de la cueva, y que nuestras ropas eran brillantes y lo llenaban todo de luz.
No le he dicho a nadie esto más que a usté, y no me tome por loco. Desde crío he trabajado, nunca le he hecho mal a nadie, y siempre fui honrado y servidor con mis patrones. Ahora le pido a usté que me deje marchar con ella, no se lo puedo explicar Don José. El hijo del Pedro es muy buen cabrero y seguro que puede cuidar mejor que yo sus rebaños. No le cuente a nadie esto. Cómo me gustaría poder explicárselo, Don José, cómo me gustaría explicárselo.
(y derramó otra lágrima)
Mira, Germán era un hombre bueno, muy bueno. Noble, trabajador y correcto. No era cotilla, no hablaba de los demás, ni de sí mismo porque era muy resrvado, y precisamente por eso, mi padre se extrañó tanto de lo que le dijo, y más aún, de lo que después pasó. Decía que Germán se tenía que haber vuelto loco, porque no le encontró explicación a sus palabras, pero no había ninguna razón para su locura porque era muy sencillo, llevaba muchos años trabajando con nosotros, y vivía feliz con su trabajo.
Mi padre nos lo contó diez años después, y esto fue lo que le dijo: