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03 diciembre 2012

Un té a las cuatro y diez (parte 3)

Entre las pocas virtudes que tengo –si es que se puede llamar virtud– se encuentra la imperturbabilidad ante estos acontecimientos. Mi confianza en la pericia del capitán suele estar por encima de los temores que pueda estar padeciendo como pasajero.

Así las cosas me dirigí al camarote sin despedirme de aquel tipo. Para acceder desde la cubierta del Föstudagu, había que subir unas pequeñas escaleras metálicas que daban acceso al casillaje. Tras un estrecho compartimento se accedía a un pequeño distribuidor del que salían dos pasillos con camarotes, unas escaleras que conducía a la segunda cubierta, y otras que bajaban al sollado y a las bodegas.

Desde el ojo de buey de mi camarote –que afortunadamente daba a proa–  pude observar cómo nos acercábamos al estrecho de Sundini. Las aguas se tornaron más oscuras debido a la corriente. Una niebla fría comenzó a envolvernos, y cuando quise darme cuenta, vi que nos flanqueaban unos enormes y abruptos acantilados. A estribor dejábamos unos poco amigables peñascos, los famosos Rising og Kellingin (El gigante y la bruja) de cuya leyenda escribiré en otra ocasión.

Oí entonces unos golpes metálicos en la puerta de mi camarote. Era aquel erudito que conocí en cubierta y cuya interesante conversación interrumpió la megafonía del barco.

– Disculpe que le moleste. Se le ha caído su cuaderno cuando se dirigía hacia aquí.
– ¡Caramba! No me había dado cuenta, muchas gracias –le dije–. Si lo hubiera perdido, se hubieran perdido también la mayor parte de las experiencias que he vivido en este viaje.
– ¿Un cuaderno de viajes?
– Sí, es una extraña afición que heredé de mi tío.
– ¿Lleva su cuaderno a todos sus viajes?
– Sí… aunque bueno, mejor dicho, suelo usar un cuaderno para cada viaje.
– Disculpe mi curiosidad, pero no he podido evitar fijarme en que está forrado con moleskin.
– Así es.
– Debe ser difícil encontrar esos cuadernos.
– Hasta donde sé, creo que es imposible. Tuve la suerte de heredar de mi tío un montón de ellos sin usar.
– ¿Era coleccionista?
– No, viajero… más bien explorador ¡Y muy aficionado a los cuadernos de viajes!
 Y añadí con un aire jocoso:
– No sólo se hereda el dinero, también las aficiones… y a veces, también las manías ¡y no sabe cuántas manías puede tener un tío escocés!
Algo cambió en su mirada y con un gesto afectado me dijo
– No querría ser impertinente, pero ¿qué nombre tenía ese escocés con tan aventurada afición?
Dudé un instante en mi respuesta, pero no quise ser descortés. Shelds, Arthur Shelds.
– Sir Arthur Shelds de Braistinlane, Laird.
– ¡Braistinlane! –pensé– ¿Cómo puede saber lo de Braistinlane? Debió adivinar mi sorpresa porque añadió:
– Mi querido amigo ¿le apetece una taza de té?

Eran las 16:10

(continuará...)

25 enero 2010

Un té a las cuatro y diez (parte 2)

Eran las 16:00 horas, y por encima del paralelo 62º anochecía a las 18:00. Quedaban por tanto dos horas de luz, suficientes para llegar al puerto de Tórshavn en las Islas Feroe antes del anochecer.

La mar se hallaba en calma, y tras abrigarme como exigía el frío viento, salí a cubierta para gustar el aroma del mar. Allí estaba él, asido al pasamanos de popa, y degustando lo que parecía un humeante té. Lo había visto un par de veces durante el viaje, pero nunca había hablado con él.

– Menudos vientos los que arañan estos mares ¿eh amigo?– dije muy ligeramente.
– Creo que no van a ser nada en comparación a los que encontraremos en Tórshavn.
– ¿Usted cree amigo? Si es así, no me separaré mucho de mi chaleco salvavidas– repliqué con una sonrisa vacía.
– No creo que el chaleco salvavidas pueda hacer mucho por usted en los fiordos.
– ¿Qué tienen que ver los fiordos?
– Si no me equivoco, el último parte meteorológico pronosticó marejada y viento de levante en la línea de costa.
– ¿Y eso qué significa?
– Pues que habremos de llegar a Tórshavn por el paso de Sundini.
– ¿Y qué es el paso de Sundini?
– Es un estrecho canal que separa Eysturoy y Streymoy.

Antes de nada, debo decir que al igual que la mayoría de las personas, sólo soy capaz de mantener dos tipos de conversaciones: aquellas superficiales en las que más bien se habla por hablar, y aquellas personales en las que se habla sobre uno mismo o sobre lo que creemos que piensan y sienten los demás.

Sin embargo, esta vez me hallaba en una conversación científica. Me estaba hablando de los fondos marinos de Islandia, de las montañas subacuáticas, de los fiordos, de las fallas y los acantilados... era como si estuviera recibiendo una clase de Ciencias Naturales en la Universidad o como si estuviera viendo –escuchando– uno de esos documentales que ponen en televisión a la hora de la siesta.

El barco comenzó a mecerse más de lo habitual, el viento empezó a rugir por entre las antenas, y las olas rompían en las amuras del barco hasta llegar a cubierta. Se ordenó por megafonía que todos bajáramos a nuestros camarotes. Vi entonces volar a lo lejos algunos frailecillos. Nos acercábamos a Islas Feroe.

(continuará...)

29 octubre 2009

Un té a las cuatro y diez (parte 1)

El día en que lo conocí, no noté nada extraño salvo su asombrosa habilidad para caerle bien a todo el mundo. Ahora, diez años después, sigue anonadándome su templanza y su saber estar. Y más aún, sigo sin comprender cómo una vida tan desdichada forjó en él un carácter tan especial.

Creo que soy de los pocos que se han dado cuenta. Aun estando embarcado en innumerables empresas y proyectos... siempre está solo. He tenido que compartir con él muchas horas, muchos tes, y sobre todo, muchos paseos, para romper mi paradigma de la soledad.

Volvíamos de un viaje a Islandia. Tras una semana de turismo "exótico", regresábamos en el “Föstudagur”, un veloz crucero cuyo nombre en el idioma local significa “viernes”, debido a que es en éste día de la semana cuando la nao parte del puerto de Eyrarbakky rumbo a las Islas Feroe. A lo lejos, se podía divisar aún -en el horizonte-, la cima nevada del Hekla, un estratovolcán de la misma naturaleza que el Teide, y que junto al Etna y al Vesubio, forma los volcanes más activo de Europa.

(continuará...)

22 abril 2009

Reset

–Si quiere entrar en nuestro país, deberá someterse a nuestras leyes.

–No me importa, estoy dispuesto a hacer lo que me digan.

–Bien, lo primero de todo es dejar aquí sus recuerdos

–¿Disculpe?

–Sí, es muy sencillo, y no es nada doloroso

–Pero, ¿cómo puede ser eso?

–Tan solo tiene usted que entrar en el transductor electro-mental, donde se someterá a un borrado permanete –no durará más de 5 minutos– y en un par de horas habrá perdido usted todos sus recuerdos.

–Pero... sin mis recuerdos, no soy nadie.

–Muy bien, pues entonces haga el favor de marcharse por donde ha venido. Encantado, y buena suerte.

–No, no, espere, me someteré al borrado, pero déjeme entrar en su país.

* * *

No supo encontrar una respuesta; pero la realidad era que aquella mujer que acababa de conocer era la misma de la misteriosa fotografía que siempre había estado en su bolsillo.



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Este blog acaba de cumplr 3 años, así que muchas felicidades a todos, y ¡¡gracias por seguir ahí!!

16 noviembre 2008

Cita en las estrellas

—Una cita en las estrellas… ¿cómo se puede prometer eso?

La noche estaba nubosa y algunas gotas minúsculas volvían a caer en los charcos que formaba el empedrado de la calle. A lo lejos se escuchaba el ruido metálico que los comerciantes hacían al bajar las persianas, y con ellos, como campana que anuncia las horas, la jornada de trabajo terminaba en la ciudad.

—¿Por qué siempre digo lo que no tengo que decir? —Se preguntaba a sí misma a la vez que desdoblaba el cuello de su chaquetón para abrigarse.

Llegó a casa en apenas veinte minutos. Hoy se había dado prisa, tanto que su madre se sorprendió, y no sabía si era por no mojarse, o por la alegría de saber que empezaban oficialmente sus diez días de vacaciones.

—¿Pero cómo has llegado hoy tan pronto? Aún no he preparado la cena. Esta vez no tienes excusa para no ayudarme —añadió con sonrisa bribona tras darle un beso.

—Es que temía mojarme, y he acelerado un poco más el paso, ya sabes que me gusta que llueva en el campo, pero no aquí… porque me mojo —dijo sacando la lengua y poniendo cara de pícara.

Su madre sonrió y añadió: —Hablando de campo, mañana tenemos que ir al pueblo porque tu padre quiere despedirse de tus tíos antes de que se vayan o no sé qué. Si quieres, te puedes quedar allí con tus primas.

La idea no le agradaba mucho. Aunque no había hecho planes, no se le había pasado por la cabeza empezar sus vacaciones en el pueblo. Ella era más de ciudad, y en esta época del año había muchas cosas que hacer en la gran urbe. Aunque bueno… bien pensado, quizás le viniera bien un cambio de aires.

Tras cenar, el apacible y obligado rato de sobremesa, y preparar las cosas para el día siguiente, se fue a la cama. Como siempre que llovía, no cerró completamente la ventana de su habitación —que era de guillotina—, sino que dejó una rajita de unos tres dedos para recrearse en uno de sus placeres secretos: escuchar la lluvia en la oscuridad, y sobre todo, disfrutar del olor a tierra mojada mientras se hundía en su cama arropada hasta las orejas. De esta manera, se relajó tanto y tanto, que se quedó dormida justo cuando la luna se asomó por un pequeño claro que se formó entre los nubarrones.

—Le he fallado —se decía a sí misma en el coche camino del pueblo, mientras dejaba escapar algún que otro suspiro.

—¿Qué te pasa? ¿Se te está haciendo largo el camino? Ya mismo llegamos —dijo su padre.

— No es nada, son sólo las curvas del camino, que me han atontado un poco —dijo ella.

Mientras tanto, su madre, la miró con ternura por el espejo retrovisor, pues todo el mundo sabe que las madres conocen lo que nos pasa antes de que se lo contemos.

El día pintaba espectacular; tras las abundantes lluvias, los prados, los olmos, y las cunetas de los caminos vestían de verde, el cielo estaba azul, azul y limpio, y corría una brisa húmeda impregnada de frescura. Con tal panorama, no paró de hacer cosas el primer día, pues ya os adelanto que decidió quedarse a dormir en casa de sus primas. Sin embargo, dejadme que os cuente lo que ocurrió por la noche.

Como siempre que iba a casa de sus tíos, se instalaba en la buhardilla, una de ésas cuyo techo artesonado sigue la forma de los faldones del tejado. La habitación era muy sencilla: el suelo era de madera y estaba cubierto en el centro por una gran alfombra de felpa. Había un armario gabanero al fondo, dos estanterías a un lado, y un baúl al otro; junto a la cama, una mesita de noche con dos cajones, y encima de ésta, un aguafuerte de la Virgen de Guadalupe. En las paredes había dos repisas con cajas de pleita, un perchero, un espejo cuadrado, y un ventanuco desde el que se podía ver el cielo estrellado. Se veían Orión, Perseo, Géminis, el Auriga, y todas las constelaciones sobre las que él le había contado tantas historias.

—En las estrellas… ¿A quién se le ocurre?...

El día había sido ajetreado, y estaba demasiado cansada para seguir dándole vueltas a lo mismo, así que se tumbó en la cama, se cubrió con dos gruesas mantas de lana, y apagó el quinqué, porque no sé si os he contado, que en algunos pueblos, aún mantienen la costumbre de alumbrarse con candiles de aceite y quinqués de petróleo cuando anochece. Tras un minuto, sólo se oía su propia respiración y el cri-cri de algún grillo en el exterior. Por cierto, recordadme que alguna vez os cuente cómo se puede calcular la temperatura a través del canto del grillo. Ni que decir tiene, que las sábanas de algodón estaban heladas, pero poco a poco, como ella, fueron entrando en calor. Mientras, el colchón de lana recién cardada se fue haciendo a su cuerpo hasta conseguir sumirla en el maravilloso mundo de los sueños.

En mitad de la noche la despertó un ruido. Era como si hubiera algo revoloteando en la habitación. No acertó a encender la lámpara, pero pudo ver algo brillar al fondo de la buhardilla, junto al armario, algo así como una luciérnaga.

—¿Una luciérnaga? ¿Aquí? —pensó mientras se restregaba los ojos.

Se levantó y se cubrió con un poncho de lana de alpaca mientras caminaba lentamente, sin encender el quinqué, hacia donde estaba la luciérnaga. Ésta detuvo su vuelo y fue a posarse junto al ventanuco. Con mucho cuidado, se acercó hasta ella, que quieta, también parecía mirarla. No era una luciérnaga, era algo así como una pequeña mariposa, no más grande que un guisante, y que parecía rodeada por una especie de polvillo brillante.

—Es la primera vez que veo algo así ¡Eres preciosa!

El cuerpo de la mariposa era diminuto. Se acercó aún más, la tenía a menos de cinco centímetros… ¡y no era una mariposa! ¡tenía un cuerpecito! ¡parecía un hada!

—¡No puede ser! —exclamó con los ojos como platos.

La mariposa asustada comenzó a revolotear y a dejar tras de sí su polvillo luminiscente. Ella la miraba como el niño que ve el mar por primera vez. No se lo podía creer. Sintió como si estuviera en un sueño, o como si se hubiera producido una grieta en el universo de la realidad… y sin embargo ¡todo aquello era real!

La mariposa-hada realizó una extraña danza en el aire, dibujando con sus partículas de luz unos trazos como los que dejan esas avionetas que dibujan con humo mensajes publicitarios en los cielos de algunas playas. Y ese mensaje decía:

"TE ESPERA"

Su corazón comenzó a palpitar más deprisa aún, y como por instinto se asomó al ventanuco. El cielo había cambiado, las constelaciones habían girado, debía ser muy tarde, y las estrellas brillaban aún más. Miró de nuevo hacia atrás, pero ya no estaba la mariposa. Las letras que dibujó con su estela de luz se deshacían y caían brillantes como la nieve del invierno. Volvió a mirar a través del ventanuco, y justo en ese momento, pasó una estrella fugaz, a la vez que por su mejilla se le deslizó una lágrima… y luego otra… y después otra.

—¡Quería quedar contigo! ¡Te prometí una cita! ¡No me he olvidado de ti! ¡Pero no puedo llegar a las estrellas!

Todo el mundo duerme y hay silencio, hasta el grillo ha dejado de cantar. La noche está cerrada. El frío viento viajero acaricia las peñas de los montes. El mundo duerme… y la magia despierta. Las mágicas estrellas danzan y tiritan en la superficie del estanque. La Luna embruja con luz plata los campos, los ríos y los caminos; y la niña que sueña, permanece asustada junto al ventanuco.

Todo a su alrededor era oscuridad: oscuridad e inmensidad. La nada. Sin embargo la envolvía un extraño sentimiento de calor y de paz. Poco a poco, comenzaron a brillar unos diminutos puntos de luz a lo lejos. Ya no tenía miedo. Unos eran azules, otros rosados, otros amarillos, y los más, blancos. Gradualmente, se fueron haciendo más y más brillantes, a la vez que aparecieron como unas neblinas de luz: verdosas, violetas y azuladas. Unas eran ovaladas, otras globulares y otras tenían forma de espiral. A su alrededor pareció formarse un universo vital de farolillos, nubes, y formas galácticas que fueron frenando su baile hasta detenerse por completo.

De repente apareció alguien tras lo que parecía un cúmulo oscuro. Iba con prisa y repitiendo:

—Si es que algún día voy a perder hasta la cabeza.

Vestía una bata blanca —o más bien amarillenta—, en el bolsillo del pecho llevaba una calculadora, y en los bolsillos laterales un cuaderno, y lo que parecía una extraña linterna. Llevaba colgados al cuello un cronómetro de manecillas y un sextante, y en su oreja izquierda portaba un lápiz bicolor. Bajo el brazo izquierdo llevaba una carpeta de pinza llena de hojas de cálculos, y en la mano derecha un maletín cilíndrico con unas asas de latón brillante.

—No lo entiendo, no lo entiendo. Se me ha vuelto a escapar —decía mientras se le caía una de las cuartillas de su carpeta.

— Dos a la cuarta… cinco, ocho y trece… ¡pero si es que tiene que ser así! — resoplaba mientras se daba la vuelta como habiendo olvidado algo.

— El reostato, el reostato… luego lo apago… ocho, trece y veintiuno… ¡no lo entiendo! —Y otra vez desapareció.

Tras unos instantes sin saber qué hacer, se acercó hasta donde estaba la cuartilla, se agachó lentamente, y la cogió con delicadeza como el que recoge un vilano de diente de león para que no se deshaga. La observó sin entender lo que aquellos números, flechas y garabatos significaban, pero esbozó una sonrisa al tiempo que pensó que todo era tal y como lo imaginaba.

De pronto apareció de nuevo, como de la nada, caminando presuroso enfrente de ella mascullando algunos pensamientos en voz alta; y cuando alzó la vista, sus miradas se encontraron.

—Toma, creo que se te ha caído esto ¿Es tuyo?

¿Qué pasó entonces? Lo que ocurrió fue una historia fantástica como nunca jamás se ha escrito, y no sé si existiría pluma en el mundo capaz de narrar lo que sucedió. Mucho me temo que si alguna vez me decidiera a hacerlo, me tomarían por loco loco, me internarían en un manicomio, y no podría volver a escribir historias para vosotros. Sólo os diré que cuando escuchéis algo revolotear por la noche en vuestra habitación, no encendáis la luz, y que si entre Orión, Perseo, Géminis y el Auriga veis una estrella fugaz, acordaos de la cita que tuvo lugar en las estrellas y cuya historia ya conocéis.

¡Nos vemos en las estrellas!



23 mayo 2008

El tren. Parte 6

Cuando abrió los ojos, creyó estar en una gruta de grandes dimensiones. No lo supo muy bien porque la cabeza le daba vueltas. Intentó incorporarse para mirar en derredor, pero sus delicados miembros estaban magullados y entumecidos. La gema que llevaba en el cuello brillaba e iluminaba toda la estancia dejando ver que se encontraba en un recinto pétreo de forma circular. Tendría unos cien metros de diámetro y una altura de no menos de cinco. Adornaban el techo algunas estalactitas y restos de diaclasas. Ella estaba en un saliente, similar a una pila bautismal, y arriba, a unos tres metros por encima de ella, se abría una oscura abertura, como si fuera una chimenea, por la que caía una potente cascada, y que seguramente sería la que la había arrastrado hasta donde estaba. Después del saliente, la cascada volvía a saltar a un lago que inundaba toda la gruta.

El lago no tenía orillas ni salidas. Las paredes que lo rodeaban eran todas verticales. El agua se debía evacuar por alguna filtración o a través de alguna galería subterránea. La gema brillaba con un fulgor azul, pero las aguas del lago se veían negras, oscuras y muy profundas.

No había forma de trepar por la sima por la que había caído, y mucho menos con la corriente en contra, así que supo que estaba atrapada. Sin embargo, el sentimiento que tenía no era de tristeza sino de temor. Las aguas negras la atemorizaban a pesar de la luz cálida de la gema. Eran como un abismo misterioso que no se podía salvar.

Inesperadamente la cueva empezó a vibrar. La gruta crujió, y la roca dejó escapar un grito sordo. Del techo se desprendieron pequeños pedruscos, y las aguas del lago se estrellaban contra las paredes verticales dando una visión apocalíptica. Un gran temblor surgía del fondo de la tierra. El estruendo cada vez era mayor y parecía provenir de la parte izquierda. Un débil resplandor se dejó ver en el fondo del lago. Era como si una luz empezara a brillar en las profundidades.

Con extrañeza y temor se reclinó sobre el saliente y vio a parecer algo que cruzaba el fondo del lago a gran velocidad. Se veía muy profundo, y era como un dragón rodeado de luz. El ruido era ensordecedor. El ser aquél parecía no tener fin, y las aguas se agitaban aún más a su paso. No era un dragón… era un tren.

02 mayo 2008

El tren. Parte 5

El espesor del bosque empezaba a agobiarla. Lo que en un principio parecía un sendero, ahora era una maraña de helechos, ramaje y arbustos. Mientras tanto, allá arriba, las altas y frondosas copas de los árboles no dejaban pasar la luz del sol. Sus delicados pies descalzos estaban hinchados, y sólo el pensamiento del gran rey y la gema que llevaba en el colgante le daban fuerzas para seguir caminando.

Llegó un momento en el que la vegetación le impedía avanzar. En su antigua vida todo hubiera sido más fácil, pero ahora el bosque le cerraba el camino con espesas palmas y plantas enredaderas. Sus ánimos se empezaron a venir abajo justo cuando escuchó el rumor de un río. No le costó poco trabajo llegar hasta él, pero mereció la pena, pues éste era poco profundo y poco caudaloso, y por lo tanto, podría avanzar más rápidamente por él que por el bosque. Sintió un gran alivio cuando sus pies doloridos entraron en contacto con el agua fresca y cristalina. El lecho era arenoso y cómodo, el agua no le llegaba más arriba de las rodillas, y los obstáculos que tenía que salvar no eran más que pequeñas cascadas.

El espesor la seguía rodeando, y no distinguía en él ningún claro, ni ningún camino salvo el cauce del arroyo. Caminó así durante unas dos horas hasta que de repente, el río parecía terminar bruscamente. Una oscura sima de un metro de diámetro engullía todo el agua del río a modo de desagüe.

El cansancio hizo mella en ella, y la desesperación de no tener un camino, fue lo que terminó de derrumbarla y hacerla llorar. ¿Por qué todo parecía volverse contra ella?… En un último esfuerzo se agarró a una de las ramas de un sauce que caían hasta el río, y así poner el pie en tierra firme, con tan mala fortuna que la rama se partió.

Sintió un golpe en la cabeza, que se hundía en la sima. Sintió que tragaba agua, y después… ya no sintió nada.

23 abril 2008

El tren. Parte 4

Los pasajeros del tren eran todo mayores, muy mayores. Lo adivinó no sólo por sus vestidos antiguos y ajados, sino por sus rostros arrugados y funestos. Por sus semblantes, se diría que estos octogenarios parecían estar más cerca de la muerte que de la vida, de la noche que del sol, de la tristeza que de la alegría. Es por eso que miraban hacia el suelo como queriendo volver a la tierra de la que nacieron. Sus marcadas ojeras escondían miradas taciturnas, y ninguno de aquellos vetustos ojos abandonó su abstracción para fijarse en el joven pasajero.

Caminó con sigilo entre aquellos seres casi espectrales y se sentó en unas bancas de madera acolchadas junto a un señor que vestía uniforme militar. Por las tres estrellas de ocho puntas en su hombrera, supo que era coronel. Lucía un espléndido bigote blanco terminado en unos señoriales rizos. Sus manos eran grandes, su piel, arrugada y castigada por el sol, y su rostro, al igual que el de sus compañeros de viaje, rígido y triste. Calzaba unas botas de caña alta, uniforme azul marino, fajín celeste, galones dorados, siete condecoraciones, y un sable al cinto con un escudo engastado que el chico no supo reconocer.

Tras diez minutos de indecisión, el muchacho reunió fuerzas, y con voz entrecortada se dirigió hacia su compañero.

– Perdone, señor, ¿hacia donde lleva este tren?

El oficial seguía mirando inmutable hacia el suelo mientras el muchacho lo miraba fijamente esperando una respuesta. El tiempo discurría con lentitud. Un leve traqueteo arrullaba el tren, y la respuesta no llegaba. Así que el muchacho, decepcionado, miró hacia otro lado como si le hubiera hablado a una estatua. Minutos después, el joven se puso en pie para abandonar aquel vagón cargado de silencio, misterio y tristeza.

– Muchacho – habló el coronel con voz pesarosa sin despegar la mirada del suelo.
– ¿Señor? – al chico le brillaron los ojos.
– No sé ni cómo has entrado ni quién te ha traído, pero sal de aquí - mandó con autoridad.

El coronel estornudó varias veces y su rostro se arrugó aún más por el dolor.

– Dime, chaval, ¿de qué color es mi fajín? – y volvió a estornudar.
– Creo que celeste, señor, celeste como el cielo – contestó el muchacho con extrañeza.

El coronel entonces levantó la mirada y clavó sus ojos en el muchacho, que no pudo reprimir un grito de sobresalto.

– Ya no me acuerdo de lo que eran los colores, y pronto te pasará lo mismo si no abandonas este tren de muertos.

Los ojos del coronel eran uniformemente grises y sin brillo, como si fueran de piedra caliza. No se adivinaba pupila ni iris, y la impresión que daban, era verdaderamente escalofriante.

Una señora levantó su cabeza envuelta en un pañuelo negro, y el muchacho descubrió que también tenía los ojos grises... todos tenían los ojos grises... grises y de piedra.

Asió con fuerza su morral, y lleno de temor, empezó a caminar de espaldas, buscando con el brazo la puerta del vagón, mientras los pasajeros le iban dirigiendo sus dantescas miradas. Cuando llegó a la portezuela se giró rápidamente intentando accionar el pomo que tantos problemas le había dado antes. Justo entonces sintió que alguien le cogía del hombro.

30 diciembre 2007

El tren. Parte 3

El vagón tenía unos ocho metros de largo y dos y medio de ancho. Estaba construido en madera: el suelo de caoba y las paredes de pino. El techo era de chapa galvanizada, pero lo aislaban unas planchas de corcho forradas con una rica tela roja de terciopelo con ribetes dorados. En la parte delantera había tres filas de asientos acolchados de cuero, y en la trasera, otros tres mirando al frente y tres mirando hacia atrás. En el centro, había un largo asiento lateral, bajo las ventanillas, en el que podían sentarse varias personas. Tres quinqués de petróleo iluminaban el compartimento proporcionando una luz cálida y dura.

Era la primera vez que subía a un tren. La madera del vagón crujió bajo sus pasos a la vez que su corazón latía con fuerza. Al cerrar la puerta -que era corredera- dejó de oírse todo el golpeteo de la maquinaria, los silbidos de las válvulas a vapor y el rechinar de las bielas; pareció de repente, como si entrara en otro mundo. Todo era nuevo para él, desde los asientos de cuero, los aderezos de bronce tan bien terminados, y ese olor característico que tiene lo antiguo.

Tras unos instantes el tren empezó a moverse y a alejarse de la estación. Por la ventanilla pudo ver los fuegos de los mendigos, los árboles que parecían huir y las humaredas de vapor que iba dejando la locomotora. El cielo estaba oscuro y los quinqués oscilaban rítmicamente mientras el tren marcaba su característico traqueteo.

Aparentemente, él era el único pasajero, por lo que decidió pasar al siguiente vagón. Con dificultad giró el pomo bronceado de la puerta delantera, la abrió, y un golpe de viento helado le hizo sujetarse la gorra mientras atravesaba torpemente el enganche que daba paso al siguiente vagón. La puerta de este otro no quería abrir, algún mecanismo atascaba el gozne, y sus dedos entumecidos por el frío empezaban a perder sensibilidad. El tren tomo una curva cerrada que casi le hizo perder el equilibrio. Afortunadamente, pudo asirse a dos cadenas que a modo de protección, unían los vagones. Tras unos minutos luchando con el frío descubrió una palanquita que liberaba una traviesa vertical y finalmente abría la portezuela. Entró rápidamente y la cerró tras de sí cubierto por finos copos de nieve. Cuando se sacudió la gorra y levantó la vista, descubrió que este vagón no estaba vacío. Nadie pareció inmutarse con su presencia, pero su corazón sí se estremeció al contemplar a sus extraños compañeros de viaje.


02 octubre 2007

El tren. Parte 2

Los asustados vagabundos que malpasaban la noche en la estación se reunieron en torno a la locomotora como almas en pena. Un curioso muchacho de no más de doce años, ojos vivarachos, pelo negro, zurrón de borreguillo y gorra montera de paño, no perdía detalle y observaba ensimismado aquella formidable máquina oxidada que parecía tener vida propia, y que ahora había venido a descansar torpemente en la vieja estación como un soldado que vuelve de las trincheras. Sus poleas, vigotas y bielas no paraban de moverse aún parado produciendo ese sonido que provoca la mecánica antigua.

Tras un chasquido, se abrió ligeramente un portón metálico corredizo en el lateral del segundo vagón. Los vagabundos miraban, y tras unos minutos sagrados, la vieja maquinaria se puso otra vez en marcha como tratando de desperezar. Las dos torres de chimeneas emanaron un humo negro a la vez que los pistones vaheaban cada vez más aquella humareda blanca que empezaba a crear una niebla espesa en el frío apeadero. Con gravedad, las pesadas ruedas se pusieron en movimiento. Las bielas dobles empujaban los recios radios mientras toda la pesada maquinaria se ponía en movimiento. El rítmico golpeteo de los cilindros resonó junto a los resoplidos del vapor, y así el tren partió ante los aún pegados ojos de lo menesterosos, cuyas miradas se perdían embelesadas en el farolillo rojo que desaparecía tras la niebla. Tan hipnotizados estaban, que ninguno notó la ausencia de un curioso muchacho de rostro pálido, ojos vivarachos, chaleco y polainas de pana, zurrón de borreguillo y gorra montera de paño.

Tapado con una manta de lana parda y junto a dos botellas vacías de absenta, yacía un hombre que dormía su borrachera cuando fue despertado por una gran explosión seguida de una lluvia de tierra, chinorros y cascotes. El frente había llegado al pueblo. Aún mareado se asomó por el ventanuco de la buhardilla donde dormían él y su hijastro. La sirena que anunciaba la presencia de los bombarderos había empezado a sonar y todo el pueblo corría como hormigas para entrar en los refugios.

- ¡Corre muchacho, que vienen a por nosotros! - Gritó desesperado mientras sujetaba con una mano su dolorida cabeza.

- ¡Despierta holgazán! - Gritó justo cuando un proyectil impactó cerca del tragaluz abriendo un boquete en la pared e inundando la estancia de humo, escombros y olor a pólvora.

De un salto huyó despavorido escaleras abajo hacia los refugios olvidándose del muchacho, sin más guarda que unos pantalones raídos, una camisa de cuadros y una estera que se le había enganchado en el cinturón tras el alboroto del proyectil. En su resaca, si siquiera había reparado en que el muchacho, aquella noche, no había dormido allí.

29 agosto 2007

El tren. Parte 1

Cuentan que una vez salió un tren muy temprano, antes aún de que el sol despertara a la ciudad dormida y castigada por una dura posguerra. La estación, quemada por el último incendio de los milicianos, daba cobijo a las pobres almas que sólo conservaban el hambre, la tristeza, unos harapos y con suerte, un mendrugo de pan.

Todos los lunes, una nube de humo gris en movimiento atravesaba a lo lejos la pradera del Ronquío para internarse en el túnel del tuerto, una cueva natural que quién sabe qué picapedreros transformaron en túnel ferroviario. Antes de adentrarse en él, el tren lanzaba su silbido de vapor para perderse en la cueva y desaparecer de la faz de la tierra hasta el lunes siguiente.

La vía era vieja; multitud de matojos, yerbajos y maleza cubrían los raíles y las traviesas, que desde hacía muchos años, habían quedado ocultos. Era por tanto, el único tren que pasaba por ahí, pues los carriles habían quedado inservibles para el nuevo ancho de ejes que debían tener las locomotoras según el decreto del ministerio que obligó a sustituir la recién nacida red ferroviaria en un intento de modernizar las obsoletas infraestructuras.

Los chicos llamaban a aquel tren, el tren de los muertos, porque nadie sabía su origen ni su destino. Nunca entraba en el pueblo, y tampoco nunca cesó su ruta aún en los días más intensos de bombardeos. Sólo algunas mentes inquietas y observadoras se preocupaban por aquel rastro de humo que aparecía los lunes en el horizonte, pero el clima de temor, el terreno minado, y las penurias y necesidades de la época convertían aquel misterio en un asunto de segundo plano.

Nunca entró en la ciudad, y de él sólo se sabía que era de vapor, por el sonido quizás de seis pistones; por la forma de la humareda, que se impulsaba con antracita; tenía quince vagones, y un farolillo rojo al final.

Un chico, de no más de doce años, rostro pálido, ojos vivarachos, cuerpo flaco, pelo negro, chaleco y polainas de pana, zurrón de borreguillo y gorra montera de paño, se subía todos los lunes a la misma hora a lo que quedaba del campanario de la iglesia para ver allá a lo lejos, entre las montañsa nevadas, el tren de los muertos.

Aquel día, sin embargo, el tren con paso lento y seguro, entró en la estación. Eran altas horas de la madrugada. El techo de la Terminal crujió y tembló a la entrada del ferrocarril. Los pobres desheredados se despertaron como zombis envueltos en sus toscas mantas de estraza. Un farol de carburo en la locomotora era lo único que iluminaba el lugar. Sus válvulas exhalaban arrítmicamente un denso vapor que en aquel ambiente invernal, creó una atmósfera realmente sobrecogedora. Hacía muchos años que no entraba ningún tren en la estación, y éste lo había hecho como un fantasma.


26 agosto 2007

El Ginkgo. Parte 2

Comenzó después el canto de los árboles. Un viento impetuoso que atravesaba los troncos huecos producía una resonancia ronca parecida a la del didgeridoo. Las corrientes rápidas de las alturas doblaban allá en lo alto las ramas más finas de las hayas arrancándoles un canto de infinitas voces que parecía gobernado por la gema de Kayjaa.

Dormida durante mil años en las raíces del ginkgo, la gema se había despertado cuando aquél mundo comenzaba a extinguirse. Como una plaga artificial, los eucaliptos, pinos y quejigos plantados por el hombre iban ganando terreno en los montes; grises torres eléctricas se alzaban casi más altas que las secuoyas. Las pistas y los cortafuegos estaban mutilando la creación que la madre naturaleza había esculpido muchos milenios atrás. La armonía del bosque correspondía a la joya, y no a las manos del hombre, y era por eso que los árboles nuevos no cantaban como los demás, y que sus raíces eran incapaces de beber de aquellos rayos azules… y es que aquellos árboles eran distintos a los otros. Había algo que sólo ella podía ver… la magia.

Agitó entonces sus pequeñas alas, y la pequeña hada se posó delicadamente junto a la raíz del ginkgo, en una pequeña flor no mucho más grande que ella. Su mundo estaba muriendo, y por su pequeñita cara rodaron dos diminutas lágrimas de plata mientras miraba al señor del bosque, que como buen monarca, aún se atrevía a iniciar el ritual de Kayjaa.

Como todos saben, las hadas pueden vivir cientos de años, conservando esa ingenuidad, bondad e inocencia que sólo tienen los niños. Cuando uno ve sus ojillos traviesos, nadie como nosotros alcanza a imaginar la cantidad de aventuras, experiencias, consejos y sabiduría que son capaces de ofrecernos. Nadie se imagina cuántas batidas han dado sus frágiles alas, cuánto polvo de hada han esparcido, ni cuántos corazones han alegrado. Sin embargo, esta vez, se había dado cuenta de que su mundo se apagaba sin solución, y por eso ahora estaba triste.

De repente, un crujir bronco sonó encima suya. El ginkgo parecía moverse. Ella lo miró atenta. El canto de los árboles no había cesado. El gran monarca pareció doblarse hacia el hada, y con una voz grave y regia le dijo:

−Joven hada de los bosques, la gema tiene una importante misión para ti.

Tras unos instantes de vacilación, a la vez que se secaba las lágrimas, respondió: −¿Para mí?− con asombro y temor.

−Nuestro mundo agoniza, la magia está desapareciendo poco a poco… eres el último hada del bosque, y este será ya mi último ritual como rey. Mis fuerzas están menguando y no podré proteger a la joya por mucho tiempo más− dijo con un hablar que ya casi ni se entendía.

−Pero dime, oh rey ¿qué puedo hacer yo? la más pequeña de las hadas ¿si con la magia también me iré yo?− dijo mientras otra vez se le resbalaban dos lágrimas.

El ginkgo lanzó un suspiro atronador que resonó en todo el bosque. La gema de Kayjaa brilló entonces aún más, y el hada sintió cómo emanaba de ella una luz blanca, como un resplandor cegador. Con sus manillas tapó sus ojos a la vez que comenzó a sentir calor en todo su cuerpo. Un torbellino de miles de partículas brillantes pareció envolverla. Sintió que sus alas no le respondían y que la fuerza de la gravedad la atraía hacia la tierra con más fuerza. El cielo ennegreció, y un relámpago deslumbrador cruzó el cielo de oriente a occidente seguido de un ensordecedor trueno que hizo estremecer a todo el bosque y trajo la lluvia consigo. El monarca parecía respirar torpemente, mientras sonidos ininteligibles salían de lo que parecía su boca. El viento soplaba con mucha fuerza. Los árboles estaban doblados… −No... no... dejes... que... muramos...− fueron las últimas palabras del soberano ginkgo. Entonces el hada cayó en un profundo sueño.


* * *


Cuando despertó, un hipnotizador olor a tierra mojada bañó aquella atmósfera mágica. El sol había salido y un arco iris se dibujaba en el cielo inmaculado. Por el viejo cauce fluía ahora un arroyo fruto de las últimas aguas. En un remanso, el hada se observó y se vio convertida en una hermosa muchacha de cabellos de oro. Al volverse vio el ginkgo, y a sus pies, manchada por el barro, una piedra azul, no más grande que una almendra. Volvió tras sus pasos y se miró otra vez en el remanso del río. Sus ojos tenían el mismo brillo travieso que antes y desprendían bondad, cariño y magia. Ya no tenía alas, pero sabía que de alguna manera podría volver a repartir su polvo de hada.

Cogió la piedra, y con ella trazó en el tronco del ginkgo un extraño símbolo. Después lo miró y le dijo con reverencia −duerme, oh rey, que no dejaré que nunca muráis−.

Y así con la joya se puso en camino.

Tras varios días de caminar encontró un poblado... pero esto, forma ya parte de otra historia que bien debe ser contada en otra ocasión.

12 junio 2007

El Ginkgo. Parte 1

La encontró allí, escondida entre las raíces del árbol misterioso, justo en el cauce que había dejado un antiguo río. Se trataba de un Ginkgo, la especie de árbol más antigua del mundo. No tiene parientes vivos conocidos, y según los fósiles que tenemos, no ha evolucionado hasta nuestros días. Es la única especie que ha llegado hasta nosotros que sobrevivió a la gran extinción del Pérmico, hace 200 millones de años, en la que desapareció el 95% de la vida sobre la Tierra, y por eso Darwin lo llamaba “fósil viviente”. Otros llaman a este milenario árbol oriental “árbol de la esperanza”, pues cuatro ejemplares japoneses resistieron a la explosión de la bomba atómica en Hiroshima. Uno de ellos, en un templo budista (que quedó totalmente destrozado) a tan sólo 1 km del lugar de la explosión, aún se puede ver junto a un cartel que reza: “No más Hiroshima”.

Volvamos al relato. Sus raíces quedaban parcialmente al aire debido a la erosión del agua que había formado junto a él un gran socavón. Estaba ubicado en la parte más profunda del bosque, rodeado de helechos, lianas, hiedras y monumentales secuoyas. Con sus tres metros de diámetro, su tronco bimilenario y sus peculiares “chichi” −unos extraños subtroncos que crecen a modo de estalactitas− tenía un aspecto no de árbol, sino de templo. Sin duda era el señor del bosque.

Tras la puesta de sol, se alzó la luna brillante sobre un cielo aún azulado. Entonces, como tenue lumbrera, la gema de Kayjaa, comenzó a derramar sus cálidos rayos azules sobre las raíces del Ginkgo. Extasiada miraba el acontecimiento mientras una fría brisilla acunó sus cabellos de oro, y a la vez las ramas del árbol, que suavemente crujían bajo la luna, iniciando así el ritual.

Sus brillantes ojillos reflejaron la luz de la gema, y su nívea piel también se empezó a bañar en la suave luz azul. Los rayos se hicieron cada vez más intensos, y poco a poco fueron adquiriendo como consistencia, llegando a ser como agua de luz que comenzó a fluir por el cauce del viejo río. De la gema salían ahora como chispas de luz blanca que revoloteaban caprichosamente antes de apagarse apenas unos instantes después.

Allá en lo alto, las hojas del viejo árbol mecidas por el viento comenzaron a derramar gotas de luz doradas resaltando aún más si cabe su imponente presencia mágica. El viento soplaba, todo el bosque se agitaba, y en el centro, el majestuoso Ginkgo se transformaba animado por la gema de Kayjaa.

(continuará...)

02 junio 2007

El órgano


Como siempre, llegó por los pelos. Entró por la conocida “puerta de las cadenas” flanqueada por los cubillos, unas curiosas torres que contrarrestan la carga de la cabecera. La catedral estaba llena, todos los bancos estaban ocupados. Nunca se hubiera imaginado que un evento de aquel tipo atrajera a tanta gente. Comenzó a recorrer el ábside, con la intención de acomodarse en alguno de los bancos libres de las naves laterales, mientras tanto, no paraba de mirar las numerosas capillas que atravesaba, prometiéndose a sí mismo volver a visitarlas cuando tuviera más tiempo.

Al rodear por detrás el presbiterio, reparó en una hilera de sillas de madera colocadas justo en el crucero, de espaldas al coro, de frente al altar mayor, y con las dos mueblerías de tubos del órgano a los lados. Era el lugar perfecto ¡y estaban vacías!

Acomodado en tan privilegiado lugar, y tras una breve monición del organizador del evento, comenzaron a sonar los graves bordones y las sonoras trompetas, que son aquellos tubos que se abren en abanico de forma horizontal. Poco a poco se fueron añadiendo tiples, flautados y gambas. El sonido combinado de una decena de notas se fue haciendo casi ensordecedor, para silenciarse de pronto. El maestro organista había conseguido transportarnos al Barroco y a un mundo en el que lo humano y lo sublime se abrazaban en los caños de un órgano centenario.

Con una obra de Sweelinck, se reclinó sobre la silla de madera, mirando extasiado la parte superior del templo, perfectamente iluminada con varias tonalidades de luz –o mejor dicho, varias temperaturas de luz− toda de piedra tallada con las formas más curiosas. Entre columnas, pilares, terracillas y arcos ciegos podía distinguir pequeñas puertas tras las que se imaginó pasadizos, estrechas escaleras y habitáculos secretos de cuya existencia sólo sabía el arcediano.

A unos tientos de Cabanilles, se imaginaba pasear por una de aquellas altas terrazas o repisas, quizás algún maestro picapedrero se dejara olvidada en un recoveco un cincel, unas gradinas, uñetas o cualquier herramienta de la época. También pensaba en cómo aquellas piedras habían visto guerras, la inqusición, habrían visto a los monjes dominicos, a las mujeres acudir a los oficios tapadas con velo. Habrían visto modas, coronaciones y solemnes cabildos. Habrían soportado tormentas, epidemias, terremotos. En sus sólidos muros habían visto anidar golodrinas, trepar hiedras y crecer musgos. Sus campanas habrían anunciado catástrofes, nacimientos y toques de queda.

Bach se encargó de que nuestras almas cruzaran hacia lo trascendente. Unas soportables disonancias se resolvían con sencillas armonías de manera rítmica que significaban una lucha entre el bien y el mal en la que siempre vencía el bien. Las escenas bíblicas plasmadas en enormes vidrieras se encargaban de añadir la componente plástica a aquella catequesis sublime.

Cuando salió de la catedral ya no la veía como una construcción artística… ahora la veía viva, le había transmitido parte de su secreto, y por eso, ahora caminaba de regreso a casa por aquella oscura calle empedrada con una sonrisilla. Quizás aquello del alquimista Fulcanelli: “…la busca y el despertar de la Vida secretamente adormecida bajo la gruesa envoltura del ser y la ruda corteza de las cosas”.

01 marzo 2007

Las Ánforas. Parte 4

Como dije anteriormente, los narduk eran seres encargados de fabricar sueños, pero ¿cómo lo hacían?... La respuesta es difícil de comprender si no estamos familiarizados con ellos, así que intentaré explicarlo de la forma más sencilla posible.

Estos seres se mueven por los mares en sus cápsulas. Les encanta viajar, y con el tiempo cada uno ha ido confeccionando un complejo plano del reino submarino de los sueños −plano incompleto pues a este reino no se le conoce confín− donde anotan los lugares de especial interés. Su viajar se puede decir que es errante, o más bien nómada, permaneciendo temporadas alrededor del mismo sitio, bien porque les ha gustado el lugar, porque quieren recoger transelementos, relacionarse con otros narduk, reparar sus cápsulas o simplemente descansar. Muchas veces sus cápsulas se averían en lugares tenebrosos, y como están obligados a fabricar al menos un sueño cada día, si no tienen transelementos, no les queda más remedio que fabricar pesadillas. Los sueños, como explicaré más tarde se fraguan en las ánforas. Los transelementos son cosas que encuentran a las que cada narduk, en función de la magia que tenga, le cambia la esencia si bien permanecen los accidentes. Nosotros no vemos esa nueva esencia a no ser que soñemos. Lo que para nosotros serían algas, rocas, un resto de coral, una perla… ellos lo transforman en un aeróstato, nubes, fragancias, lugares, etc. Los narduk son seres solitarios, aunque a veces, si se encuentran −y sobre todo si se conocían de antes− se intercambian transelementos ya transformados, y a veces incluso se prestan su soñadores, ése es el motivo por el que a veces dos personas se sueñan mutuamente aun siendo sueños distintos. Estos encuentros, que a veces son fortuitos, están condicionados en gran parte −según me enteré después− por la magia de Claruma.

Las ánforas eran mágicas. Nadie sabía de donde provenían, pero cuando un narduk terminaba su entrenamiento y estaba preparado, aparecían siete ánforas junto a la “estrella azul”. De la “estrella azul” se han escrito preciosos relatos, y no me creo digno de escribir sobre ella ni siquiera media palabra. Sólo diré que se encontraba en lo más profundo del reino, en el “abismo de Gorlak”. Gorlak era una almeja gigante, vivía en el fondo de una sima oscura y profunda, estrecha y misteriosa. Vivía allí desde siempre, en la oscuridad más negra de los abismos, sin embargo, como hermosísima perla, albergaba en su interior la sublime estrella. Cuando Gorlak se abría, mostraba un interior hermoso, nacarado y brillante, y entonces la pequeña “estrella azul” empezaba a radiar unos reflejos tales que los que los han visto nunca han hablado sobre ellos porque dicen que no existen palabras en el universo para describirlos.

El consejo, tras conjurar a Gorlak para que se abriera, entregaba las ánforas al narduk en un bonito ritual y aplicaban un poderoso hechizo para que las ánforas hilaran sueños con los transelementos. Después en otra ceremonia se le asignaba un soñador de por vida. Nadie solía hablar sobre las ánforas, era algo tabú, pues irremediablemente tenían que ver con la “estrella azul”, la cual aquella gente ni siquiera se atrevía a nombrar. Claruma me enseñó algunos secretos de esos hechizos.

Un día −o una noche, porque allí no se distinguían− mientras paseaba por el “cañón de Atlantis” escuché una gran explosión, y al girarme vi una gran nube de lodo, burbujas y luz a menos de una milla. La nube se expandió tanto que me envolvió, y hasta que no pasaron dos horas y se asentaron los barros, no pude ver nada. Me acerqué al lugar de la explosión, y allí encontré una cápsula casi destrozada. Era más alargada de las otras que había visto y tenía más forma de submarino. Quedé aterrado cuando vi en el suelo algo que parecían unas ánforas... ¿Serían las ánforas mágicas? Aparecieron entonces Biguemo y Claruma que me gritaban que no tocara nada. Claruma tenía una expresión de nerviosismo y preocupación en el rostro, no así Biguemo, pues una gran cabeza transparente, unos palpos y unos ojos retráctiles no le dotaban de una gran expresividad.

− ¿Es una cápsula Narduk?− Pregunté.

Nadie me contestó. Claruma encontró a alguien en la cápsula. Era una especie de pulpoide azul con varios ojos que agotado, moribundo y casi sin fuerzas logró decirle a Claruma: «mu… mu… muchas gracias… gracias, Claruma… gracias»

Claruma entonces sonrió y derramó una lágrima de plata sobre aquel narduk, el único que vi en mi estancia en el reino de los sueños. No sé por qué, pero sentí algo especial cuando me miró. Volvió a sonreír, y cerró sus ojos. Entonces yo también lloré, pero mis lagrimas se confundieron con el agua que me rodeaba. Biguemo se colocó junto a mí, y entonces grité:

− Claruma, se va a curar ¿verdad? dime que sí, Claruma, por favor.

− Eso depende de ti− me dijo −y a partir de hoy tú serás el guardián de sus ánforas.

Y bueno, lamento decir que todo se terminó. No sé ni cómo ni cuándo, ni cómo hice el viaje de regreso, solo sé que estaba en mi cama, tapado con cálidos cobertores. El sol aún no había salido. Abrí los ojos no como el que se despereza de un sueño, sino como el que ha vuelto de un largo viaje. Supe que había sido sólo un sueño, pero añoraba a mi calamaroide Biguemo, a Claruma y a aquél narduk cuyo destino nunca supe.

Cuando encendí la luz y me puse en pie… había siete ánforas rodeando mi cama, y unas letras buriladas a oro en la concha de un nautilus:

«ESTREGA ESTAS ÁNFORAS A LA ESTRELLA AZUL»


28 febrero 2007

Las Ánforas. Parte 3

Biguemo me acompañó por aquel nuevo mundo para mí. No sabéis cómo me hubiera gustado tener una trompilla luminosa como el pejesapo, para ver el fondo ya que siempre tenía que ir pegado al calamar de cristal. El terreno era muy irregular, y lo mismo se abrían profundas grietas, que se levantaban imponentes taludes. Recuerdo un paisaje muy peculiar en el que el suelo estaba formado por miles de pináculos de roca, parecidos a los cipreses que tenemos en la tierra. La luz de Biguemo no alumbraba a más de diez pies, por lo que no me convenía separarme de él y perderme en aquel tenebroso cementerio megalítico.

Supuse que tardamos unas dos horas en atravesar el paraje, que después me enteré que se llamaba “los Dientes abismales”. A menos de una legua pude ver una luz que emergía del suelo. Biguemo me explicó que aquello eran las “Fosas chispeantes”, punto de encuentro de los narduk, y uno de los nodos neurálgicos del reino.

En el lecho rocoso marino se abría una gran sima, de unas quince yardas de diámetro y unos mil pies de profundidad en cuyo fondo se divisaba una potente luz que luego descubrí que no era tan potente, simplemente era que mis ojos llevaban varias horas acostumbrados a la más completa oscuridad.

Empezamos a descender por aquella boca vertical, sin embargo, a mitad del camino, nos tuvimos que apartar en una de las cavidades que había en los laterales de la sima para dejar paso a una impresionante cápsula narduk. Era la primera vez que veía una, y su visión me dejó atónito.

Era un vehículo tipo cápsula submarina, como los DSV (Vehículos de Inmersión Profunda). De forma era como un elipsoide casi esférico, de unos quince pies en su eje mayor. Tenía dos aletas estabilizadoras laterales, y en la popa dos juegos de hélices paradas por el ascenso. Era de un material metálico, oxidado por algunas partes, lleno de remaches, y con algunos apliques artísticamente bronceados. Disponía de cuatro focos luminosos de luz blanca, y uno más potente de luz azul que movía sin parar para tener un control absoluto de su entorno. Pude contar tres escotillas, cuatro ojos de buey, y lo que podría ser el puente de mando en la proa, pues la parte delantera estaba terminada en un material cristalino, aunque no pude ver a nadie en su interior.

La cápsula se paró cuando percibió nuestra presencia. Estaba escrutándonos enfrente nuestra, a poca distancia. Nos enfocaba con su foco azul, mientras dejaba oír un grave zumbido y algo parecido a un sonar que en aquella sima, generaba unos terroríficos ecos de ultratumba. Sus focos se movían, y sólo Dios sabe qué se ocultaba detrás de la proa cristalina. No sería muy desacertado afirmar que aquello fue para mí un momento místico. Tras dos eternos minutos, la cápsula soltó una nube de burbujas con un sonido parecido al de un descompresor, y continuó ascendiendo.

Sin intercambiar palabra por la impresión, llegamos abajo. La sima se ensanchaba una centena de metros a cada lado, y en ella había numerosos artefactos encargados de dotar de luz a la estancia. Estaba sustentada con columnas, arcos de medio punto y bóvedas, y decorada con esculturas y frescos que me recordaron las ruinas del palacio de Knossos. Por allí, creedme, pululaban los seres más extraños que haya visto jamás, y la sola descripción de alguno de ellos, me llevaría varias páginas.

Biguemo me explicó que lo que habíamos visto era una cápsula narduk, y que éstos eran unos seres, de diversa forma, encargados de fabricar los sueños. Eran una sociedad muy selecta y fuertemente jerarquizada. A la cabeza había un rey −de figura claramente representativa− y un consejo permanente. Los narduk del sueño, viajaban por todos los mares en sus potentes cápsulas visitando los más extraños lugares y generando sueños para el soñador que cada uno tenía asignado.

En una esquina de la estancia había un ser que no paraba de mirarme, y en cuando Biguemo reparó en ello, me llevó hacia ella. Era como una especie de hipocampo o caballito de mar del tamaño de una persona. Tenía una piel plateada realmente hermosa, y su mirada casi mágica, le otorgaba una extraña belleza. Sin duda, debía ser alguien importante. El calamar de cristal me la presentó, se llamaba Claruma, y era una especie de sacerdotisa. Decían que había nacido en
una estrella, y nadie sabía cómo había llegado hasta los mares. No siendo narduk, se la tenían en gran estima por su inagotable sabiduría y sus poderes mágicos, que no se sabía hasta donde llegaban.

No sé por qué, pero olvidé su magnificencia, y llegó a convertirse en otra gran amiga a la que sin perderle el respeto, le tomé mucha confianza. Me enseñó cientos de secretos de aquél mundo y lugares paradisiacos. También me regaló una bolsita de luz para que no tuviera que depender de Biguemo. Contad con que algún día pondré por escrito todos estos acontecimientos que ahora narro tan de soslayo, mas no puedo perderme y debo continuar con mi relato y con el accidente.

26 febrero 2007

Las Ánforas. Parte 2

El calamar de cristal se convirtió en mi primer amigo de las profundidades. Nuestro encuentro respondió a una casuística providencial que relato a continuación:

Como dije anteriormente, me hallaba en una situación de descenso incierto en la más completa oscuridad. No vi más signos de vida o movimiento que el de las medusas y los informes pescados de trompa luminosa. Creo recordar que también dije que mi descenso lo hacía siempre en ausencia de presión, asfixia, humedad, o cualquier otra sensación que me hiciera creer que realmente estaba bajo las aguas, fuera de una ligerísima percepción de atracción gravitatoria unida a un sutil rozamiento que me recordaba que continuaba descendiendo. Hallábame pues entonces en una situación floto-estacionaria si se me permite llamarla así. No puedo precisar cuánto me mantuve en aquel estado, lo que sí que es cierto, más cierto que decir que el tocino engorda, es que toqué fondo, y no sólo toqué, sino que me enterré en él.

El impacto fue tan inesperado, que no me dolió tanto el talegazo merecedor de quebrar mis lomos, sino que mi pobre corazón amagó salirse del pecho debido al susto que llevé. Quedé así, cabeza abajo, plantado en la arena como un espárrago, porque quiso ser mi testa lo primero que encontró el fondo.

Algo me agarró de una pierna y tiró de mí con muy poca fuerza . No sé si os imagináis lo que pasaba por mi cabeza: yo, enterrado en la arena, y algo débil que no sabía lo que era, tirando de mí. Entre sus flojos tirones y mis redoblados esfuerzos, logré salir. Cuando recuperé la visión −ya que me entró arena en los ojos− vi delante de mí a un pequeño cefalópodo transparente. Bueno, no supe si sería cefalópodo o solicéfalo, puesto que no se sabía si aquellos apéndices ventosados, serían tentáculos, palpos o las narices del animal. Sí que tenía unos grandes ojos telescópicos como los de su primo gasterópodo el caracol. Dicho calamaroide presentaba también luminiscencia, pues no sé si dije que todos los animales de aquellas negras profundidades generaban algún tipo de luz. Me llamó la atención que entre su luminosa piel transparente, se dejaran ver pequeños lunares negros.

Cuál fue mi sorpresa tras hacerme cargo de la situación cuando oí que el calamar me habló tremolando sus tentáculos.

− ¡Vaya! hacía mucho tiempo que nadie se dejaba caer por aquí. ¿Te has hecho daño?... ¡Ah! y por cierto, me llamo Biguemo, y soy un calamar de cristal.

− ¿Dónde estoy?− pregunté.

− En el reino de los sueños, es ovbio− añadió retrayendo sus ojos.

Quedé aturdido, pues que aquello fuera el reino de los sueños no tenía menos sentido que estuviera bajo el mar, que no me asfixiara, y que me hallara hablando con un calamar.

− ¿Cómo he llegado hasta aquí?− le dije en mi perplejidad.

− Jajaja, no lo sé, ni tampoco sé cómo saldrás, sólo sé que de repente desaparecerás, y ya no estarás aquí.

− Ah, gracias por ayudarme a salir, sin tu ayuda no lo habría conseguido− le dije cortésmente, sabiendo que su ayuda había sido minúscula.

− De nada, de nada, para eso estamos − añadió con aires de vanidad.

− Y dime, Biguemo ¿qué es todo esto? ¿qué tengo que hacer aquí?

− Ay ay ay, querido amigo, aún te falta mucho por saber, y es mucho lo que te tengo que explicar ¿qué tal si me acompañas a las “Fosas chispeantes” y mientras te voy explicando?

Me dejé llevar por mi nuevo colega al que cogí verdadera admiración, no sólo por su cultura submarina, sino por su paciencia conmigo. Llegó a ser mi mejor amigo en las profundidades, y me explicó quiénes eran los narduk, las cápsulas, Claruma… y lo más imprtante: las ánforas.

08 febrero 2007

Las Ánforas. Parte 1

Esta noche, algo taciturno e intranquilo, decidí ayudar a mi mente a desconectarse de la dura jornada para entrar en el placentero mundo del descanso y de los sueños. Para ello, preparé con esmero una poción a base de tila, flor de azahar, melisa, raíz de valeriana, manzanilla y pasiflora. Como otras veces vertí el agua a la temperatura correcta sobre las hierbas secas y la dejé reposar el tiempo necesario para extraer todas las propiedades calmantes, sedantes y antiespasmódicas de sus aceites esenciales. Recuerdo que también eché por primera vez una flor de aquellas que se han dado en llamar “estrella de las nieves”, especie endémica que sólo se da en las más altas cumbres de Sierra Nevada. El agua se tornó poco a poco de una traslucidez ámbar que producía unos curiosos reflejos a la luz de la bombilla de la cocina, y así, tras unos momentos de expectante observación del brebaje, sereno lo engullí cual bávaro ante una pinta de cerveza. Y me acosté.

No recuerdo cómo, pero estaba bajo el mar. Sin mojarme y sin ahogarme, pero estaba bajo el mar. Podía escuchar el rumor de las corrientes y sentir el gradiente de temperaturas de las corrientes submarinas. En un principio, no había nada, sólo una inmensidad azul que me rodeaba y algunas burbujas que subían, supongo que hasta llegar a lo que debía ser la superficie, pues apenas acertaba a distinguir los restos tenues de algo que parecían rayos de sol, ya que calculo que no me encontraba a menos de cien pies de la superficie. Por debajo, había una inmensa oscuridad que gritaba un misterioso silencio, una oscuridad, que conseguiría aterrar hasta al más temible de los monstruos marinos.

Un extraño instinto me hizo descender hacia las profundidades abisales. No recuerdo mi vestimenta ni siquiera si portaba alguna, mas podíame mover por allí a mi antojo, ora arriba ora abajo. Calculo que descendí unos doscientos pies más, y sin embargo, no sentí los efectos de la presión ni experimenté barotraumatismo alguno. Tras varios minutos más de inmersión, he de confesar que perdí la orientación. En la oscuridad total, mis sentidos no eran capaces de percibir más que la ligerísima fuerza de la gravedad hacia la que bajaba como si fuera un fluido en disolución.

Lo primero que vi, fueron unas medusa más hermosas que las flores de la tierra. En sus cuerpos acuosos transparentes, escondían mágicos tentáculos finísimos de luz que cambiaban de color al ritmo de sus danzas por aquellas aguas. Parecían viajeros errantes a medio camino entre el ser vivo y el inanimado, pues aún en sus elegantes movimientos, aquello no dejaba de ser una preciosa burbuja que navegaba sin rumbo a través de las oscuras corrientes. Ver aquellos escifozoos fue para mí un deleite, y di gracias a la naturaleza por habernos regalado semejantes espectáculos de belleza.

Más tarde, y más abajo, vi unos temibles monstruos con un tentáculo bajo la boca, que parecía tener en la punta como un miembro luminiscente. Aquel ser carecía de ojos. De forma y tamaño era similar a un atún, pero su boca era enorme, la llevaba siempre abierta, la mandíbula inferior más prominente, con forma de “u” invertida, como las merluzas. Dejaba ver nueve horrorosos dientes largos y finos, dispuestos sin ningún orden y separados entre sí. Me dio la impresión de que si aquel animal cerraba la boca, se hundiría aquellos pinchos en sus sesos, si es que ese ser bizarro podía albergar algún cerebro. Sus aletas parecían estar formadas por púas unidas con membranas al igual que las alas de los murciélagos que vemos en las cuevas, y su piel, negra y brillante, asquerosa, con verrugas, tubículos y agujeros, evocó en mi memoria la palabra “basura”. Sin duda, la madre naturaleza había privado a este ser de órganos visuales para que nunca jamás pudiera contemplar su repulsiva condición de excrescencia de las profundidades. Alejéme cuanto pude de aquél bicho nauseabundo mientras él y otros colegas ciegos de su especie nadaban con sus farolillos a la busca de alimento.

Y así, podría estar describiendo todo lo que vi en aquel misterioso viaje hacia el mundo adonírico, porque aquello, aún siendo un sueño, pertenecía a otro sueño, y aún estando allí, yo no era más que un simple secundario en ese maravilloso mundo. Digamos, que era un espectador pasivo que curiosamente había entrado en una realidad onírica paralela. Y bueno, llegados a este punto, seguro que alguien se pregunta que cómo tomé yo conciencia de mi situación. Bueno, bueno, déjeseme explicar lo que aconteció cuando encontré al calamar de cristal.

29 diciembre 2006

Camino adecuado

INFORME PSICOLÓGICO-LABORAL

En respuesta a la petición del departamento de RRHH, y a fin de evaluar las capacidades facultativas del sujeto en relación a la labor actualmente desempeñada en su puesto de trabajo, le comunico el resultado de nuestro estudio.

La evaluación se llevó a cabo con la absoluta cooperación del sujeto, quien en todo momento se mostró receptivo al proceso. Las pruebas psicométricas para precisar habilidades y capacidades se pueden calificar como válidas y fiables, mientras que el resultado de los análisis grafológicos combinado con otros tests proyectivos, ha resultado determinante con los siguientes resultados:

La capacidad intelectual del sujeto, se puede enmarcar dentro del rango medio-alto, su proceder es metódico, y no presenta signos preocupantes de carácter profesional a excepción de sus pautas de conducta grupal. Su calidad empática es alta, sin embargo, se ha detectado una baja integración socio-laboral, y unos resultados comportamentales poco habituales en relación a otros individuos que realizan similares tareas profesionales. El sujeto presenta un claro retraso emocional que le impide establecer lazos afectivos en su entorno más cercano. El análisis del campo gráfico y del gestotipo lleva a pensar que estamos ante una persona soñadora y de inteligencia creativa. La personalidad es débil y reservada, en paradójica contraposición a un carácter firme y templado. Capta muy bien la información del entorno, aunque su valoración es radicalmente distinta a la que cabría esperar. Muestra un desequilibrio en cuanto a los sucesos que experimenta y la actuación ante ellos frente a sus compañeros de trabajo, para refugiarse en su modo de interpretar la realidad que le lleva a actuar por criterios poco comunes y frecuentemente infantiles.

Sin ánimo de ser exhaustivos, y con la voluntad de evaluar el prefil de productividad de esta empresa, tras considerar el análisis, consideramos que el sujeto, en cuanto a su retraso afectivo-emocional, no está capacitado para desarrollar todas las capacidades que exige su actual puesto de trabajo.

Fdo.: Jefe de sección de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones (PTO)


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Hace varios días que no escribo en este diario. La frenética actividad de la última semana, no me ha dejado tiempo para mí, y no es que hoy esté menos atareada, pero necesito plasmar un gran sentimiento como los cientos que llevo escritos en estas hojas desde que era niña. Esta mañana han despedido a mi compañero de trabajo. Era muy tímido, y no se mezclaba con nosotros, no sobresalía en nada y solía permanecer en un segundo plano, sin embargo, tenía siempre una sonrisilla para regalar, y sus ojos pequeños parecían querer decir muchas cosas. Los chicos de la oficina le daban consejos, le invitaban a salir, pero él siempre les devolvía su sonrisa, y esa mirada profunda de amigo. No sé por qué, pero sin tratar con él, sabías que era alguien en quién se podía confiar, como si lo conocieras de toda la vida. Reconozco que he deseado muchas veces encontrármelo por el pasillo para que me regalara alguna de sus pocas palabras en mis momentos más difíciles. Ahora, me arrepiento de no haberme esforzado en conocerlo más.

Se marchó sin despedirse de nadie mientras estábamos almorzando en la cafetería, pero nos ha dejado un regalillo a cada uno en nuestra mesa. A mí, me dejó una bolsita de caramelos. Con este gesto infantil, nos robó a todos una sonrisa, y esta noche, aquí en mi cama junto a mi marido ya dormido, la sonrisa se ha transformado en lágrimas. Bajo las frías luces fluorescentes, él era una llamita que daba luz y calor. Entre corbatas, tacones, Chanel, carteras, y rostros bruñidos con cremas y rayos UVA, entre ambiciosos businessman y estilizadas ejecutivas, él era la única persona con corazón de aquella jungla de oficinas. Él estaba allí para regalarnos su silencio y su mirada cariñosa. Algunos pensaban que era un ingenuo, pero sólo con una bolsita de caramelos me ha hecho más humana, y gracias a él, hoy quiero más a mis compañeros, a mis amigos y a mi marido. No me preocupa que le hayan despedido, porque sé que su felicidad no está en el dinero o en el éxito, sino en hacer felices a los demás, y lo ha conseguido.

Ha sido una de esas personas que te encuentras en la vida, te marcan, y desaparecen. Conocerle pudo ser una casualidad, o quizás fuera el destino... no lo sé. De lo que sí estoy segura es de que por muy mal que lo hiciera en el pasado, por muchos errores que cometiera, cuando lo conocí, estaba en el camino adecuado.

06 diciembre 2006

Wendy. Parte 04

Don José… no sé cómo decirle esto. Ya sabe que no soy mu listo, y no quisiera que me tratara por loco, pero es que estos últimos días en la sierra me ha pasado algo muy raro, y no le he podido encontrar explicación.

Cuando subí, me tuve que quedar con las ovejas, porque se ha derrumbado el techo de la cuadra de Don Luis, y no puedo dormir allí como otras veces. Durante el día no tenía mucho que hacer, así que estuve cortando té, buscando algunas setas, patatas silvestres, y preparando con espartos una cueva pequeñica para pasar allí la noche.

La tercera noche, Don José, hice una fogata para cocer las patatas que encontré, cuando vi una luz en la cueva grande, que salía del interior. Parecía como si estuvieran quemando magnesia. Se fue haciendo cada vez más grande, hasta que salió una muchacha. Mire usté, Don José, a mí me temblaban las piernas. Las ovejas, que estaban durmiendo, se despertaron y se hicieron un corro en la cuevecilla donde yo estaba. La chiquilla parecía perdida, y me miraba, Don José, no vea usté el miedo que tenía yo. La voz casi no me salía del cuerpo, y le dije: “niña ¿te has perdido?” No me contestó, y se acercó a mí, y me miró otra vez, y se dio la vuelta, y se metió otra vez en la cueva. Al principio no sabía quién era, pero luego, Don José, luego…

(En este momento se le escapó una lagrimilla)

Don José, yo soy huérfano, ya lo sabe usté. Me criaron en el orfanato hasta que me recogió mi tío pa llevarme con las cabras. Allí, Don José, sólo tenía una amiga, no lo recuerdo, pero creo que también era huérfana, y como nos mantenían separados a los niños y a las niñas, sólo nos veíamos en los recreos a través de una alambrada, y en el comedor. Yo nunca me escapé de allí, porque una vez lo intenté y me gané unos azotes que todavía me duelen, pero ella, de vez en cuando, saltaba la cerca y venía a mi barracón, y hablábamos a través de un ventanuco toda la noche. Me decía que quería volar, que quería ser la madrecita de todos los niños huérfanos, y también me decía que yo era un gallina porque no me atrevía a escaparme de mi barracón. Un día ya no la volví a ver, me quedé otra vez solo, y así, hasta que me recogió mi tío.

Lo que le decía, aquella noche no pegué ojo, Don José, y a la mañana siguiente no me quería ni acercar a la cueva. La niña que había visto era la del orfanato.

Por la noche, las ovejas se pusieron nerviosas, yo no quitaba la vista de la cueva, y empezó a verse luz otra vez. No he pasado más miedo en mi vida. Y la luz cada vez más grande hasta que salió ella. Le pregunté acongojado: “¿eres un fantasma?” y no me respondió. Caminó hacia mí, y de repente comenzó a brillar más, y sin abrir la boca me dijo: “¿ya no te acuerdas de mí?” luego volvió a entrar, y la luz se apagó otra vez.

Don José, ya sé que todo lo que le cuento parece muy raro, pero sabe usté que nada gano yo contándole esto, más que usté piense que me he vuelto loco, pero es que esa chiquilla es la niña del orfanato. No sé como explicárselo, pero aunque no me dice nada, parece como que habláramos, y como si nos conociéramos de toda la vida y como si charláramos por aquel ventanuco… yo no quiero ser cobarde como cuando era chico. Don José, luego cuando me dormí, soñé que era chico otra vez, y que volábamos por la sierra, y que pasábamos por encima de las ovejas, y de la cueva, y que nuestras ropas eran brillantes y lo llenaban todo de luz.

No le he dicho a nadie esto más que a usté, y no me tome por loco. Desde crío he trabajado, nunca le he hecho mal a nadie, y siempre fui honrado y servidor con mis patrones. Ahora le pido a usté que me deje marchar con ella, no se lo puedo explicar Don José. El hijo del Pedro es muy buen cabrero y seguro que puede cuidar mejor que yo sus rebaños. No le cuente a nadie esto. Cómo me gustaría poder explicárselo, Don José, cómo me gustaría explicárselo.

(y derramó otra lágrima)


Y esta es la historia de Germán. Le pregunté a Conchita qué opinaba de todo aquello. Sus ojillos brillaron y me dijo que cuando oyó la historia, creyó que la muchacha era Wendy, que existían las hadas, que soñaba con irse con ella y con Germán a volar por la sierra y entrar en la cueva hacia el país de Nunca Jamás, y que su madre le regañaba porque estaba siempre pensando en aquellas tonterías. Mientras me contaba esto, me quedé mirando la figura de la simpática ancianita, pensé en todo lo que había vivido, en la niña soñadora que fue, y que ahora con más de 80 años, al mirar el prendedor que llevaba en su pelo blanco con forma de mariposa, seguía siendo.

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La manía de buscarle explicación racional a todos los sucesos me llevó a pensar en algún tipo de seta alucinógena, que Germán, sin saberlo, ingirió. Quizás monguis, unos hongos del género de los psilocibos con propiedades tóxico-psicotrópicas. Germán no sabía leer, y en sus años más jóvenes, la dura niñez que atravesó, hace suponer que oyó pocos cuentos. Puede que el de Peter Pan le hiciera retroceder y recuperar el único retazo de la infancia que conservaba. Aquella amiga que no volvió a ver más, regresó con la pluma de J. M. Barrie, por la voz de Remedios, y de la mano de los monguis. Sin saberlo, habían abierto la caja que Germán llevaba en lo más profundo de su ser, y había salido un niño pastor que se lo llevó volando por la cueva hacia la felicidad que nunca tuvo.

Hace un mes, solicité los permisos que hacen falta para entrar en la cueva, y me los han concedido. Cuando tenga algo más de tiempo, organizaré con varios amigos y familiares una visita. No sé si podré ir con la curiosidad que me despertó en un primer momento el portón de hierro que sellaba su entrada, o con el recuerdo de esta historia, y de que allá, en los abismos de la tierra, encontraré el nuevo mundo que buscó Germán.

“Si ahora viésemos a Wendy, advertiríamos como su cabello se tornaba blanco y su figura se empequeñecía otra vez, pues todo eso sucedió hace ya largo tiempo. Juana es ahora una vulgarísima mujer casada y tiene una hija que se llama Margarita. Todas las primaveras, excepto cuando se le olvida, viene Peter Pan a buscar a Margarita para llevársela al País de Nunca Jamás, donde ella le cuenta mil cuentos de los que él mismo es héroe y que él escucha con ansiedad. Cuando Margarita crezca, tendrá una niña que, a su vez, será la madrecita de Peter Pan y así sucederá siempre, siempre, mientras los niños sean alegres, inocentes...y un poquito egoístas” (James Matthew Barrie)